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"TRAS LAS HUELLAS DE HUMBOLDT EN EL ORINOCO, VENEZUELA"
"AUTANA,
LA MONTAÑA SAGRADA DE LOS PIAROA" Manuel
Méndez & Javier Jayme (Co-directores)
Del
28 de noviembre al 8 de diciembre del 2004 tuvo lugar la "Expedición
Cacique" que, como en sus cinco ediciones anteriores, se ha desarrollado en
tierras venezolanas. En esta ocasión, el objetivo era la selva y las
comunidades indígenas del alto Orinoco. Por unos breves pero intensos días,
dos docenas de jóvenes españoles de ambos sexos establecieron contacto con la
etnia piaroa, visitaron sus poblados y
se acercaron al colosal cerro Autana, su montaña sagrada, situada en el corazón
de su territorio, rindiendo así su particular homenaje a los ilustres
naturalistas Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, quienes, hace ahora dos
siglos exactos, les precedieron en su viaje de exploración científica por
estas mismas regiones.
Estado
de Amazonas El
Estado Amazonas, en el sur de Venezuela, continúa siendo una tierra casi
virgen, que hace frontera con Colombia y Brasil. En sus más de 175.000 Km.
cuadrados –aproximadamente la quinta parte de superficie total del país-
viven unos 150.000 habitantes –apenas el 0,6% de su población-, de los cuales
el 60% son indios pertenecientes a 20 etnias diferentes, cada una de ellas con
su propia lengua y su propia cultura.
La
capital de esta inmensa zona selvática es Puerto Ayacucho, ciudad de 80.000
almas, asentada en la ribera derecha del Orinoco, el río venezolano por
antonomasia. Puerto Ayacucho es el principal centro regional de bienes y
servicios, un imán que atrae a gentes diversas de toda la cuenca del Alto
Orinoco. Visitamos su mercado indígena, donde se reúnen panares, guahibos,
curripacos, yekuanas, piaroas y banibas a vender sus productos y artesanías.
Uno encuentra aquí desde tallas en madera de la variada fauna de la región
–tucanes, babas (caimanes), serpientes, jaguares, cachicamos (armadillos) y
guacamayos de todos los colores y tamaños- hasta catara embotellada, un aderezo
líquido picante elaborado con bachacos (hormigas gigantes) exprimidos. Antes
de adentrarnos en la selva aprovechamos para visitar el museo antropológico,
vecino al mercado, donde su director, Alejandro Signi, tiene la amabilidad de
mostrarnos personalmente las distintas salas, ofreciéndonos sus autorizadas
explicaciones sobre el complejo mundo con el que nos vamos a encontrar en cuanto
abandonemos la ciudad, navegando el Orinoco aguas arriba.
Una
hora por carretera asfaltada hacia el sur nos conduce a Samariapo, puerto
fluvial sobre el Orinoco y puerta de entrada al universo salvaje de la jungla
amazónica. En el muelle, los bongos –piraguas anchas de manufactura indígena
hechas de un solo tronco; algunas superan los diez metros de longitud- flotan
bajo un sol inclemente, casi inmóviles, abarloados en estrecho abrazo. Por el
muelle merodean tipos humanos singulares: aventureros, mineros, negociantes,
buscadores de fortuna, misioneros, militares o, simplemente, curiosos, todos con
un objetivo común, al que nosotros tampoco somos ajenos: la selva, desde aquí
ya al alcance de la mano. Comenzamos la navegación ebrios de emociones
novedosas. Superada la isla Ratón, el Sipapo vierte su caudal en el Orinoco por
la margen derecha. Nuestra ruta enfila por aquí. Entramos en territorio
netamente piaroa. Más allá, surgiendo otra vez por la derecha, el río Cuao
nos brinda su acuático abrazo. Este nuevo cauce carece ya de la anchura “marítima”
del padre Orinoco. En ambas orillas el muro vegetal acecha y, aunque distante
todavía, empieza a significar su presencia.
Siempre
aguas arriba por el Cuao, llegamos a Raudal del Danto, la población piaroa más
importante de la cuenca de dicho río. Nos esperan unas jornadas de convivencia
con las gentes de esta etnia selvática, compuesta por unos 10.000 individuos
que llevan una existencia seminómada, levantando sus churuatas (viviendas) de
muros circulares de bahareque y techos cónicos de palmiche en las cercanías de
los ríos y caños, sobre planicies no inundables. Basan su subsistencia en la
agricultura de conucos (huertos comunales) que abren en la espesura talando árboles
y quemando la vegetación amontonada para liberar los nutrientes. El resto de su
alimentación procede de la caza durante la estación seca (diciembre a mayo),
de la pesca y de la recolección de frutos en las profundidades de la maraña
vegetal. De entrada, hemos procedido a la entrega de material escolar,
medicinas, machetes y ¡balones de fútbol! a la comunidad, en presencia de la
maestra de la escuela y del ruwa (capitán de la aldea), que agradecen
sinceramente nuestra donación. La ceremonia se completa con un acto realmente
insólito: un partido de fútbol con el equipo indígena de Raudal del Danto...
que juega lo suyo; hay que ver cómo corren estos muchachos piaroas, más
acostumbrados que nosotros a las altas temperaturas y humedades selváticas.
Remontando el río Autana nos aproximamos al gran objetivo geográfico de la expedición Cacique 2004. Ya el río serpentea, meandro a meandro, como si le costara atravesar el dosel de tupido verdor. Y, de repente, ahí está: una especie de castillo encantado, entre velos de lluvia caliente, perfilado en la tenue luz vespertina. Es el cerro Autana. Una visión de ensueño, casi mágica. Cuesta creer que semejante torre de arenisca, que proyecta la verticalidad de sus cuatro costados a 1.300 metros de altitud, pertenezca a este mundo casi plano de lujurias vegetales por el que avanzamos a bordo de nuestros bongos. Para los piaroa el cerro Autana ha estado siempre ahí. Es el tocón sagrado, lo que resta del Árbol de la Vida, origen y esencia de su cosmogonía, que un día el dios Wahari taló para que sus frutos se esparcieran sobre la selva y sus moradores tuvieran alimentos. Altivo y solitario, el Autana ejerce sobre el pueblo piaroa una especie de fascinación sacralizada, como un inalcanzable jardín del edén; cuando lo contemplan sus miradas expresan orgullo, reverencia y cierto temor primitivo ante lo sobrenatural.
UNA AVENTURA APASIONANTE "TRAS LAS HUELLAS DE HUMBOLDT EN EL ORINOCO"
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