EXPEDICIÓN
KUÉLAP 1999. RUTA NOR-ORIENTAL PERÚ
PROMPERÚ
(Comisión de Promoción del Perú)
& UNIÓN
EUROPEA
Comunicación y
Turismo: Manuel
Méndez
Dirección:
María del Carmen Valadés
“CAJAMARCA, EL ENCUENTRO DE DOS CULTURAS”
Artículo publicado en el
Magazine Hostelería & Turismo
Un largo camino nos esperaba, así que sin muchos preámbulos, emprendimos viaje
al próximo destino: la ciudad de Cajamarca. Doce horas invertimos en cubrir la
distancia entre Chiclayo y Cajamarca. Un largo y serpenteante recorrido que nos
llevó a cruzar la imponente Cordillera de los Andes. Contemplamos en su máximo
esplendor, la diversidad de paisajes, climas y flora existente en los Andes, una
de las regiones de mayor diversidad ambiental y geomorfológica del mundo.
Formas y colores con ricos matices andinos, sombras y volumenes, ríos,
quebradas, profundos precipicios, hermosos valles, pequeñas comunidades y
cielos puros de azul turquesa recrean un mundo de belleza singular, único en el
mundo. Extenuados, pero contentos del recorrido, llegamos al atardecer al valle
del río Mashcón, en la vertiente occidental de los Andes del norte. Allí, a
2720 metros sobre el nivel del mar, se ubica la ciudad histórica de Cajamarca,
capital del departamento de Cajamarca, y cuyo nombre de origen quechua significa
“tierra fría” (a 862 Km. de Lima).
En
el lugar donde hoy se encuentra la Plaza de Armas, en 1532, el marqués
Francisco de Pizarro capturó al Inca Atahualpa, que había rehusado someterse a
la Corona española y a la fe cristina. A cambio de su liberación ofreció
llenar un recinto de oro y dos de plata. El volumen del rescate fue de tal
importancia que se emplearon más de treinta días en fundir los metales
preciosos. A pesar de pagar el rescate, el Inca fue condenado a morir, nueve
meses después de su captura, en el garrote vil. Un acontecimiento dramático
que marcó el fin del Imperio de los Incas e inició una nueva etapa histórica.
El
recorrido por el casco histórico de Cajamarca es impresionante, entre otros
atractivos, por las bellas portadas en piedra labrada (Cajamarca posee más
portadas coloniales que ninguna otra ciudad de Perú, y una de ellas, es la más
hermosa y elaborada del país). Sería interminable describir todo el patrimonio
cultural y turístico de la ciudad de Cajamarca, así que brevemente, destaco
los siguientes: la Plaza de Armas con su gran pileta de cantería labrada
construida en los primeros años del siglo XVII, el Cuarto del Rescate, en cuyo
recinto el Inca Atahualpa ofreció pagar su rescate a Francisco Pizarro (es la
única construcción de la época inca que se conserva en la ciudad), la Iglesia
de San Francisco (siglo XVIII), la Catedral (siglos XVII-XVIII), la Recoleta
(Iglesia y ex Convento de la Recolección Franciscana, siglo XVII) y Belén,
importante y armonioso conjunto arquitectónico del siglo XVIII, conformado por
la iglesia y los hospitales de hombres y mujeres. Finalizamos nuestro
apasionante recorrido, en el mirador de Santa Apolonia, frente a nosotros, unas
hermosas vistas de la ciudad y de la campiña cajamarquina.
En
estas latitudes, felizmente, la vida se armoniza al compás de la naturaleza.
Pero, nosotros, los viajeros, queremos ver más y nos falta tiempo para recorrer
los milenarios caminos de Cajamarca. Hay mucho que visitar en los alrededores:
los Baños del Inca (a 6 Km.) conocido antiguamente con el nombre de Pultumarca,
es el más importante balneario de aguas medicinales del norte peruano. Aquí se
encontraba el Inca Atahualpa a la llegada de los españoles; Las Ventanillas de
Otuzco (a 8 Km.) denominado arqueológicamente como “Necrópolis de Otuzco”.
Importante testimonio cultural de los antiguos habitantes de Cajamarca, y del
culto a sus muertos. Se compone de 337 nichos mortuorios, labrados en la roca,
de uno de los cerros del caserío de Otuzco; Cumbe Mayo (a 22 Km. y a 3400
metros sobre el nivel del mar) conjunto arqueológico emplazado en las faldas
del cerro Cumbe. En este lugar de particular belleza, hay que destacar el
Acueducto, singular obra pre-inca de ingeniería hidráulica, los petroglifos y
el Santuario, farallón en forma de cabeza humana, y Frailones (a 25 Km.)
conjunto de imponentes formaciones megalíticas.
Pero,
no podíamos finalizar nuestro recorrido, sin visitar y compartir nuestra
amistad con los campesinos de dos importantes comunidades, Cumbe Mayo y La Encañada.
Un ambicioso proyecto de agroturismo que promociona la Unión Europea y la
Comisión de Promoción del Perú, PromPerú. Vivencias en parajes armoniosos y
mágicos, bajo un cielo de azules intensos. Ritos y creencias ancestrales
compartidos con hombres y mujeres de otras culturas. ¡Una experiencia
inolvidable e irrepetible!
Con
el espíritu colmado de nuevas y lúdicas sensaciones, nos prestamos a dar
alimento al cuerpo, que de tanto andar, está bastante revuelto. Nos sorprenden
con un suculento menú a base de chupe de papa seca (sopa a base de patata seca,
queso, leche, huevos y ají colorado), chicharrón colorado (carne de cerdo
cocinada en su propia grasa, con ají colorado, ajo y perejil) y un delicioso
manjar blanco (dulce a base de leche evaporada y azúcar). Arrimados a la
inmensa chimenea del comedor, nos invade la nostalgia y un agradable sopor, que
le achacamos a la comida, a la buena y abundante cerveza, a la altura, y a la
felicidad de conocer... nuevos mundos.
“CHACHAPOYAS,
REINOS DE HISTORIA”
Después
de un relajante baño nocturno en la piscina -aguas termales- del magnífico
hotel Laguna Seca, cargamos con prisas, todos nuestros bártulos en el
todoterreno. No queremos perdernos el espectáculo más hermoso que se puede
apreciar en las cúspides andinas: el amanecer. En unos instantes mágicos, la
oscuridad se repliega, y el horizonte, encendido de rojizos matices, recibe al
poderoso rey, que, solemnemente, inicia su peregrinar hacia el cielo. Nos
estremecemos ante el espectacular milagro de la naturaleza. También nosotros,
como los antiguos pobladores de estas tierras, rendimos culto al sol, al dios de la vida. Emocionados y en silencio, emprendimos viaje rumbo
a Chachapoyas.
Iniciamos
el recorrido, en medio de un mundo misterioso, donde la naturaleza impone
respeto. La caprichosa y variada geografía de los Andes, y sus carreteras -con
algunos tramos sin asfaltar y estrechos-, nos obliga a desplazarnos con
lentitud, merece la pena, los paisajes son espectaculares. Atravesamos
deslumbrantes valles (cuyas tierras, muy productivas, no necesitan abonos ni
insecticidas), enormes quebradas, hermosos riachuelos de aguas cristalinas, y
pequeños pueblos coloniales. En uno de estos pueblos de tradición española,
Celendín (a 2625 metros sobre el nivel del mar), hacemos una breve parada para
comprar, en la colorida feria dominical de La Alameda, varios Jipi Japa, bonitos
sombreros de paja Toquilla realizado por artesanas celendinas. Aprovechamos la
ocasión, para trabar amistad con los lugareños, que nos invitan,
inmediatamente, a unos buenos tragos de aguardiente (de caña de azúcar). La
cordialidad y simpatía de sus gentes, y principalmente la alegría de sus niños
nos impresionan gratamente.
Al
fin, a nuestros pies, en las profundidades, divisamos a la “Serpiente de
Oro”: el Río Marañón. Afluyente del Amazonas, y de 1800 Km. de longitud, se
ofrece ante nuestra vista, portentoso y desafiante. Un par de horas, de lento
descenso, nos llevan hasta una de sus orillas. Después de un gratificante
chapuzón en sus aguas, coloreadas de ocre, decidimos cruzarlo. En medio del
puente, me informan que atravesamos una frontera natural entre dos regiones
(administrativas); al final del mismo, se encuentra el pueblo de Balsas (en el
margen derecha del Río Marañón y en la Región de Amazonas), donde nos
detenemos para un corto, pero merecido descanso. Hemos descendido en pocas
horas, desde los 3500 metros a los 700 metros sobre el nivel del mar, y los
mosquitos nos hacen sentir las grandes diferencias entre la sierra y estas
tierras cálidas, exuberantes en flora y ...¡fauna!. Después de una frugal
merienda a base de plátanos, chirimoyas, limas y naranjas de delicioso dulzor,
continuamos nuestro recorrido. Ascendemos lentamente, dejando atrás al
torrentoso Marañón y al calor. Una aspirina a tiempo, me ayuda a combatir el
dolor de cabeza y otras pequeñas molestias causadas por los espectaculares
desniveles.
Siguiendo
nuestro periplo, nos adentramos en los antiguos territorios de los Chachapoyas,
un pueblo que encabezó una confederación de pequeños reinos dispersos en los
Andes orientales del norte, y que alcanzó su mayor apogeo alrededor del año
1000 d.C. Con los últimos resplandores del atardecer, llegamos al pueblo de
Leymebamba (El Inca Túpac Yupanqui, en honor al Inti Raymi o Fiesta del Sol, le
puso el nombre de Raimipampa), en la margen izquierda del río Utcubamba. Nos
entusiasma la posibilidad de conocer un notable descubrimiento arqueológico:
las momias (mallqui en quechua) de la
Laguna de los Cóndores. Las momias, fueron encontradas en chulpas o edificaciones, construidas por los Chachapoyas hace mil años
en un abrigo natural -enclavado en un hermoso y típico paraje natural amazónico-,
con vistas hacia el lago y a un antiguo poblado de unas 200 casas circulares.
Felizmente, y gracias a la buena gestión de un sacerdote español -afincado por
su labor pastoral en estas exóticas tierras-, y a la generosa disposición de
la antropóloga Sonia Guillén, directora del Centro Mallqui, pudimos
contemplar, extasiados, las más de 200 momias -humanas y de animales- y otros
valiosos materiales arqueológicos -quipus, mates, tallas en madera y cerámica.-
que se guardan celosamente en un local habilitado especialmente -en un proyecto
de emergencia- para el inventariado, catalogación y conservación de los
mismos.
Con
el impactante recuerdo de las momias, pernoctamos, a orillas del río, en la idílica
Estancia El Chillo. Al alba, como de costumbre, emprendimos viaje a la ciudad
de Chachapoyas. Encontramos a la “Ciudad de los balcones”, sobre la cima de
una colina, rodeada de bosques de eucaliptos e imponentes montañas. “Chacha”,
como la nombran cariñosamente sus habitantes, es la capital de la Región de
Amazonas y está situada sobre la vertiente oriental de los Andes del norte (a
2334 msnm y a 1225 Km. de Lima). Goza de un clima templado, típico de las zonas
de transición entre las alturas andinas y ceja de selva, con una temperatura promedio anual de los 22° C y
abundantes lluvias (de diciembre a Marzo). La antigua ciudad de Chachapoyas,
originalmente llamada San Juan de la Frontera, la fundó Alonso de Alvarado,
explorador del Amazonas, el 15 de septiembre de 1538. Sus casonas coloniales,
sus callejuelas empedradas, estrechas y empinadas, y su amplia Plaza de Armas
dan testimonio de su pasado colonial.
En
los alrededores de “Chacha”, hay que destacar uno de los monumentos más
grandiosos del Perú prehispánico: Kuélap (a 74 Km.). Descubierta en el año
1843, se ubica en el distrito de Tingo, en el valle del río Utcubamba (afluente
del Marañón); sobre una espectacular cresta rocosa -cerro de La Barreta- a
3080 metros sobre el nivel del mar.
En
el ascenso hacia la ciudadela fortificada (desde “Chacha” se tarda 4 horas
de viaje), observamos con deleite, pueblitos con chozas de paja, campesinos
trabajando en sus fértiles tierras, sembradas de exuberantes solanáceas, y
coquetas campesinas ataviadas con vestidos típicos (en sus cabezas lucen
atractivos pañuelos). Bordeando los cerros entre hermosas falderías cubiertas
de tupidos bosques, nos cruzamos con osados comerciantes, que con sus recuas de
caballos y mulos cargados de la más variada mercancía viajan de pueblo en
pueblo (serpenteando con gran destreza los caminos de herradura), ofertando sus
productos.
Si
imponentes son sus paisajes, más aún, si cabe, es Kuélap. La construcción de
la fortaleza (de forma elíptica alargada y orientada de norte a sur) debió
ejecutarse entre los años 800 y 1300 d.C. (Túpac Yupanqui, hermano de
Pachacutec, invadió y conquistó a la nación Chachapoya en la segunda mitad
del siglo XV incorporándola al imperio Inca del Tahuantinsuyo), y consta de dos
grandes plataformas sobre las cuales se levantaban recintos de carácter
residencial y ceremonial (unas 400 construcciones de planta circular con
cornisas de lajas, de altísimos techos cónicos cubiertos de paja y frisos geométricos
de lajas decorando las caras exteriores de las paredes). Sus enormes murallas
defensivas construidos con bloques de caliza, alcanzan una altura de 25 metros
(más altas que las de Sacsayhuamán en el Cuzco) y una longitud de 600 metros.
La ciudadela dispone de tres entradas, que fueron construidas a modo de enormes
corredores amurallados y que culminan en un estrecho ingreso para un solo
individuo.
Si
en la portada del ingreso principal, podemos observar una serpiente, grabada en
posición reptante, en el paseo por el interior de la ciudadela y sus
alrededores, contemplaremos hermosos y abundantes arbustos, como el romero,
la zarza y el tayango;
especies herbáceas como las orquídeas
y los floridos huicundos; enormes árboles
(el isphingo, aliso y leche) que
sobresalen sobre la espectacular estructura de Kuélap; aves como el pájaro
carpintero, piuru, torcaza, pavas de monte,
y con un poco de suerte, cuyes silvestres,
liebres, ardillas, zorros rojos, venados grises, culebras y
lagartijas... ¡Un Parque Natural!
El
sol se recuesta sobre el horizonte y nos recuerda, muy a pesar nuestro, que es
la hora de regresar. Anochece rápidamente, y el cielo se cubre de una alfombra
de brillantes estrellas. Indago en el firmamento en busca de algún
acontecimiento espectacular, como aquél que ocurrió en 1910. Desde esta mágica
atalaya de Kuélap, se pudo admirar al cometa Halley.
Otra
de las excursiones extraordinarias, es a los Sarcófagos de Karajía o Purunmachos
(a 48 Km. y a 2760 metros sobre el nivel del mar). Los antiguos chachapoyas,
deseando eternizar la memoria de sus muertos ilustres, les construyeron sarcófagos,
y los colocaron en lugares enclavados en parajes espectaculares (después de
momificados los cuerpos, eran introducidos en su interior en posición fetal...
¿al seno materno?). Los sarcófagos coniformes antropomorfos, de una altura de
2 a 2.30 m, fueron realizados con barro o arcilla mezclada con paja, y caña (lo
que les daba consistencia y durabilidad), y decorados con dibujos geométricos.
Les agregaron falsas cabezas o máscaras funerarias, para que, eternamente y
desde las alturas, como sus dioses tutelares, pudieran contemplar, el hermoso
entorno natural en el que vivieron y ejercieron su poder. Los sarcófagos,
fueron depositados en cuevas muy altas o plataformas artificiales, destruyendo,
a continuación, las vías de acceso para evitar las profanaciones. Sin embargo,
los huaqueros o buscadores de tesoros,
accedieron a ellos; y si los destrozos causados por tan vandálica acción no
fueron importantes, se debió a que no encontraron ornamentos de oro o plata.
Los antiguos chachapoyas, no tenían por costumbre, introducir en los sarcófagos
objetos de gran valor, como era habitual en los Mochicas (tumbas reales de Sipán).
Gracias a un complejo y difícil trabajo de restauración (en el sitio
original), por especialistas peruanos, los Purunmachos, han recuperado su enigmática prestancia.
Después
de pasar varias horas, inmersos en un silencio sobrenatural, fotografiando con
asombro las seis esculturas, y disfrutando de las maravillosas vistas, (las que
contemplan, desde sus privilegiados miradores, los antiguos señores), regresamos al caserío de Trita. Los estrechos y
empinados senderos se nos hace cuesta
arriba, así que, sin ningún rubor, algunos solicitamos ayuda a los
campesinos del lugar, que muy amables acuden con sus caballos todo terreno. A estas alturas
del viaje, los equipos fotográficos, incluido los incómodos trípodes, pesan
una barbaridad.
Como
despedida, nuestro anfitrión y compañero de viaje, don Leonardo Rojas, alcalde
de Chachapoyas, nos brinda un deliciosa comida típica: inchik uchu (piqueo de
yuca sancochada con salsa de maní, ají y culantro), cazuela (sopa ”levantamuertos”,
de gallina, res y cordero), y picante de cuy (cuy -pequeño roedor- frito en
abundante manteca de cerdo, papa amarilla y achiote)…./…
KUÉLAP
RUTA NOR-ORIENTAL PERÚ